UNA COLECCIÓN DE ARTE HACE DEL COLECCIONISTA UN ARTISTA
El coleccionista como compositor del misterio interior
A lo largo del período de las vanguardias hemos aprendido a leer el mutismo del arte mediante disciplinas de conocimiento tan diversas como la psicología y la sociología, la lingüística y la filosofía, la física y la economía. Sin embargo, pese al esfuerzo analítico son la poesía y la música las que mejor captan su energía, por afinidad. La colección de Josep Maria Civit, que con libertad estilística da continuidad a la acelerada evolución del sistema de representación visual fuera del orden sistemático de las tendencias, arremolina y despliega una energía profunda que la personalidad y el oficio del coleccionista nos ayudan a descifrar.
En la época del multisaber y de los sistemas abiertos, el creador de mensajes de comunicación abre y rehace caminos de los lenguajes hacia el receptor; se aparta de la superficialidad y al mismo tiempo del academicismo; transforma los códigos con ingenio y busca la originalidad y lo inédito; experimenta en las formas y los materiales; sintetiza las combinatorias y variables; condensa la complejidad a favor del instante y la presencia del producto, y deja que sea el espectador quien se relacione con la obra. De un modo similar al del creador, el coleccionista termina poblando con el arte de los demás el mobiliario de su secreta emoción. Y solo en su construcción descifra el misterio que el arte mismo esconde para no concluir. De ahí la eternidad y el dinamismo del arte por encima de su vida histórica.
La Colección Civit es, pues, el resultado de caminos de aprendizaje, de búsqueda y, sobre todo, de construcción.
El espectador como intérprete de la obra del coleccionista
En la Colección Civit es visible una armonía de vibraciones logradas por el tanteo del color, como si de notas musicales se tratara en una partitura sonora de escritura libre. Al lado de esta tonalidad abstracta e intensa, otras obras lúdicas actúan como ingenios por su frase paradójica de choques repletos de humor fresco, juegos verbales que son visuales desmitificadores y hechiceros. Una sexualidad libre, totémica y blanda describe, además del goce de lo sensible, un comportamiento más radicalmente estético que dogmático. El coleccionista no escoge las obras para llenar un registro de propiedades, sino que las dirige a una página en blanco para una sinfonía cuya intensidad irá variando a partir del espacio que el arte habite en cada nueva instalación.
La convivencia de las distintas obras de la colección entre sí obedece a una puesta en lugar en la que las piezas, aunque hayan sido elegidas por un único sujeto coleccionista y distribuidas por este en cada nueva instalación, terminan organizando un sistema compositivo integrado por itinerarios subjetivos y resonancias de un sistema colectivo. Al final, pues, es el espectador quien ejecuta la partitura con sus reglas arbitrarias. De modo que, sin el espectador, esta colección carece de coleccionista, pues este es un comunicador.
Quién sabe si la asistencia del joven estudiante de Económicas a esas sesiones esnobs de la Ricarda —la casa de veraneo con cubierta ondulada que la familia Gomis tenía en medio de un pinar junto al mar—, con los amigos del Club 49, Miró, Prats y Tàpies, donde se celebraban sesiones del arte más innovador en música contemporánea con los conciertos de Mestres Quadreny y las acciones de poesía escénica de Joan Brossa, no fueron sino el germen denotativo del arte nuevo como sistema de propagación y enamoramientos en continuidades.
Transitar el arte y padecer los límites de la belleza
Cartografías 1 emprendía su andadura dentro de un bosque rimado de obras con claros y umbrías y de obras bajas y de gran altura, con una interpelación seca al visitante: “Look, See, Perceive” (Muntadas). En Cartografías 2, en cambio, donde afloran obras “emergentes” de los ochenta y los noventa, el coleccionista Civit ha situado al frente la escultura (Bernardí Roig) de un personaje con la cabeza contra la pared que lleva en los hombros una carga de fluorescentes de colores. Así, si allá el arte invitaba, aquí el arte nos habla del peso arduo y ligero del arte y de la dificultad de su caminar contra la pared. En un nuevo punto de vista, otra obra actúa como icono. Se trata de Baby Calf, de Franquelo Giner. Desde el arte se interpela a la condición de impiedad humana respecto al mundo, la naturaleza y los animales.
De la sociabilidad del conocimiento y la percepción al esfuerzo y la fatalidad de la sublevación estética. Un arte intangible, el de las ideas, e ininteligible, el de su figuración escultórica y alegórica, en que hay que hacer dicho esfuerzo. Oímos a Platón y Hegel invitándonos a caminar pensando y tenemos la condición del hombre moderno intentando cruzar los muros de su condición enajenada, de su condena: transitar dentro de la belleza del arte.
La variación de las formas en un pensamiento circular
La historia de la humanidad es la historia de las formas. La Colección Civit es un ejemplo de la perdurabilidad de las preguntas sobre la condición humana y, al mismo tiempo, su liberación ilusionada en la conquista de formas expresivas inéditas a través del arte. Formas y materiales. De la pintura sobre tela (David Austen) al falo dorado de poliéster (Susy Gómez); de la cerámica a la jarra de caucho (Santi Moix); de la continuidad de lo monocromo (Miquel Mont) a los valores de los signos concretos (John Nixon); de la descontextualización de las palabras (Chingsum Jessye Luk) al reciclaje de las palabras abandonadas (Pazos); del grupo escultórico de pintalabios de colores (Ana Laura Aláez) a las insistentes pinceladas para un movimiento en tránsito reflexivo, interior y urbano (Xano Armenter); de la fotografía en gran formato analógico y pigmentada a mano (Jesús Madriñán) a la fotografía como soporte del poema objeto (Chema Madoz); de un futbolín “manipulado” con jugadores en meditación y en busca del absurdo (Rafael G. Bianchi) a un muro de fragmentos de tierra clasificados como pinceladas (Carmen Calvo)… Y así tantas otras búsquedas y culminaciones del espacio visual tangible atentas a la evolución de las técnicas, los materiales y los mensajes. La fotografía misma, por ejemplo, ha pasado del retrato como género a la ausencia de rostro y la relación del retrato lingüístico con los objetos de valor temporal y fetichista (Carina Linge). La rebelión contra las imágenes —Art is the persistence of memory, como titula la obra Rafael Agredano— es una revuelta también contra las formas del lenguaje (Ocampo) que da valor a los lenguajes populares. El arte refleja y percibe, el arte también habla, de modo que el arte y el espectador lloran en el espejo que llora (J. Perianes).
A través de las nubes, una obra magnífica de Chema Alvargonzález, viene a concluir la aspiración de una generación del viaje, en un proceso mundial de globalización, y del ensimismamiento de la aspiración lírica intraterrenal: dentro de una maleta que actúa como caja de luz, una instantánea aérea de nubes en el cielo es replicada por el efecto espejo, y alrededor de este aire puro de luz un carril de tren eléctrico lo hiende en una anilla elevada por donde se mueve, en círculo continuo, un tren en miniatura. Qué bella aspiración: el movimiento quieto de las alas del simbolismo es, ahora, el movimiento perpetuo del sueño del viajero en un espacio de nubes y sueños de deseo de eternidad en la inocencia reavivada.
¿Un arte sin artista ni coleccionista?
La paradoja del sistema comunicacional artístico es que el arte, aun siendo una creación radicalmente humana, se desprende de su finalidad de ser únicamente expresión, comunicación o transformación para ser por encima de todo vida en la forma y, así, ser en la vida del que lo observa y lo aprende. El coleccionista crea comunidad de formas. La Colección Civit se desprende de los límites de la significación y la biografía en la forma de la libertad y la belleza.
Abrir la forma para transitar el arte de lo visible hasta lo no visible
Una de las obras mayores de la Colección Civit debe de ser una de las más enigmáticas de la tradición de las rupturas y de la innovación de incluir en su seno la memoria no visible. Se trata de Portal amb catifa, de Perejaume. Una alfombra roja se alza desde el suelo hacia la pared, donde está enmarcada con vidrio y con una tira de latón por arriba. Es una acción pura de la forma. El objeto de un suelo no natural por donde se camina se convierte, por su forma bidimensional y frontal, en una obra de arte autónoma. Nada es representado. La significación se origina por la petrificación espacial del verbo transitar. Detener el movimiento y convertirlo en espacio. El espacio, gracias al título, es una puerta de entrada. Varias capas de significación multiplican el sentido cerrado del arte. Se trata de una forma pura de los límites del arte, una monocromía.
El color rojo de vida y nobleza como vocal cromática nos lleva hasta Mont-roig, a la vieja iglesia hoy desacralizada. En su altar mayor hemos visto la obra de arte que suplanta la cruz, que une el mundo terrenal con el divino en el dogma cristiano. El arte ocupa el lugar de una de las religiones monoteístas. El rojo del topónimo Mont-roig (literalmente ‘monte rojo’), nos remite a Joan Miró, y el espacio de sus búsquedas queda convertido en el ultralugar desde el que captar lo universal. Somos en el silencio, lejos del griterío. Un silencio de palabras calladas en la retórica telúrica de lo visual, en que abstracción y figuración, leyenda y mutismo, se concretan en el acceso encendido hacia lo no visible.
Vicenç Altaió
1 “Desde los años cincuenta las vacas lecheras confinadas en espacios reducidos aparecen dibujadas con sonrisas forzadas, colores amables y campos bucólicos. También para los cerdos, los pollos y otros animales agrícolas la imagen infantilizada se inocula mediante campañas, películas y series orientadas a cautivar la mirada de los más desprotegidos. ¿Quién mejor para convencernos que las personas que ostentan cargos de autoridad? La obra Baby Calf (Ternera) es, en definitiva, un reflejo de este proceso psicológico hacia la desconexión mental y emocional de nuestra experiencia. Un indicativo del peligroso proceso cíclico en el que las creencias determinan nuestra conducta y en el que la conducta refuerza nuestras creencias” (Manuel Franquelo Giner).