Xano Armenter

En Colección Josep Maria Civit de Arte Contemporáneo

XANO EN XAN XAN

En la carretera de la vida te desorientas por unos segundos y te desvías, un día cualquiera, por un camino errado, y basta con ese leve fallo para que todo empiece a irte raro y entres en una travesía imparable. A veces, se trata sólo de un golpe de volante, un mínimo viraje absurdo, como sucede en Detour, película de Edgar G. Ulmer del año 1945, puro cine negro de serie B, un filme angustioso de sólo 69 minutos de duración, hecho sin dinero (como lo prueba que no alcanzara a tener siquiera un metraje estándar), pero con un talento narrativo -Ulmer fue discípulo de Murnau- descomunal.

Otras veces, nuestro afán de errar, de vagabundear, de desorientarnos, es buscado, deseado directamente y nos lleva a un fantástico error deliberado, a un leve y simple y bien fingido error. Estas maniobras también se dan, aunque no son tan frecuentes. Hay seres a los que les fascina equivocarse, quizás porque quieren creer que el error se abre a panoramas insospechados, siempre muy vivos. Este caso lo ilustra el poema El mapa, donde Gonçalo Tavares nos dice que escribir no es más inteligente que resolver una ecuación matemática y, sin embargo, “entre la posibilidad de acertar mucho, / existente en la matemática, / y la posibilidad de errar mucho, / que existe en la escritura (errar de errante, de caminar más o menos sin una meta) / opté instintivamente por la segunda. Escribo porque perdí el mapa”.

Y este caso lo ilustra también Xano Armenter, que pinta desde que perdió deliberadamente su mapa y con él perdió las inagotables teorías acerca de si hay que pintar o no. Que yo sepa, Xano prefirió desde el primer momento lo primero (pintar) y a la larga eso trajo sus consecuencias: no sería el gran pintor que es sino se hubiera equivocado tan a conciencia, pintando en lugar de no pintar. Ese instinto certero para el deliberado error inteligente (se preguntará ahora alguien), de dónde, dios santo, procede. Pues en parte creo que de su propio nombre, del nombre que adoptó tan tempranamente y que quizás le desvió con gracia plena del camino recto de la vida. Y es que observen ustedes esto: si del nombre de Xano quitamos la última vocal, nos queda Xan. O, mejor dicho, Xan Xan, que es el título de una canción cantada por un gran cubano, Compay Segundo. Se dice en ella, en esa canción, al modo a veces de un prolongado susurro chino: “De Alto Cedro voy para Marcané / Llego a Cueto, voy para Mayarí / De Alto Cedro voy para Marcané / Llego a Cueto, voy para Mayarí /De Alto Cedro voy para Marcané / Llego a Cueto, voy para Mayarí…”.

Esa hermosa letra (que mejora siempre si el compás lo lleva Compay) me evoca irremediablemente al poeta Fernando Pessoa cuando nos decía desde su Chevrolet prestado que se iba a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa, aunque cuando llegara a Sintra le apenaría no haberse quedado en Lisboa. Siempre, siempre -remataba el poeta en puro eco de su alma indecisa- esta desmedida angustia del espíritu por nada en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida…

Este querer estar ya en otro sitio cuando estás llegando a uno, este ir de un lado para otro y no quedarse en ninguna plaza ni lugar, define la trayectoria artística de Xano que viene siendo un maestro desde hace años en el arte de jugar constantemente con las técnicas, hasta dominarlas, para luego, cuando ya están dominadas, abandonarlas y poder adentrarse en otras. No para quieto Xano, eso es tan sabido como que va enriqueciéndose, sin repetirse. Xano recuerda al gran Francis Picabia que, según Duchamp, poseía el fantástico don del olvido total, lo que le permitía iniciar nuevos cuadros sin el recuerdo-influencia de los precedentes. Xano es siempre pura frescura renovada sin cesar, lo que hace de él un pintor experto en perder todas las teorías y por tanto un genio a la hora de, en su arte, permanecer siempre vivo. Xano parece viajar en un Chevrolet siempre último modelo (a veces un bólido, otras un patinete) con el que viaja interminablemente perdiendo países, perdiéndolos todos, honrando así tanto a la memoria de Pessoa (“Viajar, perder países, perderlos todos”) como a la idea de que quien pierde países, no tiene problema en perder todas las teorías.

Creo que de su doble experiencia norteamericana Xano aprendió que el mercado tenía una importancia que antes tal vez no le concedía, pero también descubrió -en realidad siempre lo supo- que lo único en verdad que cuenta es pintar en cada momento aquello que te apetece pintar, lejos de cualquier moda. Por eso su espectador ideal es aquel que no ve exactamente lo que tiene ante sus ojos -Xano mira también de esa forma- y se deja llevar sólo por el impulso invisible que los signos y el viejo pincel del mundo le dan a su mente. Dicho de otra forma: es un tipo de espectador -otros lo llaman cliente- que no mira ni loco, porque en realidad sólo busca extraviarse sin fin con el gran pintor por la carretera de la vida.

Enrique Vila-Matas